Signos de puntuación: William Faulkner y Th. W. Adorno



“Todo signo cuidadosamente evitado es una reverencia que la escritura tributa al sonido al que ahoga”
Th. W. Adorno



La literatura antigua está plagada de curiosidades que enloquecerían al lector más docto.  Ya se sabe que primero apareció una forma arcaica de escritura que consistía o bien en signos logográficos –el egipcio es un ejemplo claro-, o bien en la reproducción tan sólo de los signos consonánticos –este es el caso de las lenguas semíticas, para las que mi nombre sería tan sólo VCTRBLCLLS-. Sin embargo, no es tan conocido otro detalle: tanto en las escrituras semíticas como en las primeras escrituras alfabéticas no existían los espacios entre palabras.

Este detalle cobra sentido si nos atenemos a la preponderancia del uso oral de la escritura a lo largo de gran parte de la historia de la humanidad. En efecto, cuando transcribimos una frase dicha por alguien en voz alta el espacio en blanco entre palabras no deja de ser una quimera –tal y como suena: nodejadeserunaquimera-, pues el hablante tan sólo efectúa pausas de tipo rítmico al final de las oraciones que se significan con signos de puntuación y no con espacios.

En nuestra tradición tenemos las primeras muestras de la separación entre palabras en la escritura cretense (lineal B, silábico) y en la micénica mediante el uso de un símbolo separador y no del espacio en blanco. Tras la época oscura encontramos que los griegos y los latinos arcaicos –así como los etruscos- han extendido el uso de la separación entre palabras sin utilizar aún el espacio en blanco. Me resulta poética la comparación entre el espacio en blanco, que representaría el silencio, la nada, y el concepto de cero, ideado mucho después de la época que estamos fijando.

Es curioso, sin embargo, lo que ocurrió en Grecia durante la época helenística: se suprimieron los signos separadores entre palabras y se adoptó la scriptio continua, queequivaldríadenuevoaesto. Esta regresión –no puede entenderse de otra manera- se extendió también en el Imperio Romano hacia el siglo II d.C. Si Séneca había utilizado en el siglo I interpuntos para separar las palabras, Suetonio, autor nacido dos o tres generaciones después ya había adoptado la scriptio continua.


Ejemplo de escritura continua. Duro de leer.


Para no desviarme del tema del artículo, recomiendo Space between words. The origins of silent reading, de Paul Saenger como la fuente bibliográfica ideal para explorar este asunto. Lo que a nosotros nos interesa de la scriptio continua es, una vez más, una idea bastante sugerente: no era el autor el encargado de marcar la separación entre palabras y las pausas –los signos de puntuación- sino el propio lector. En la Roma Imperial tardía ser un lector diestro era casi un signo de maestría. Los comunes mortales, antes de entregarse a la lectura, debían pasar por el difícil trámite de la praelectio, en la que, en primer lugar, se debían separar las palabras del corpus unitario y, en segundo lugar, se debían marcar las pausas que corresponden a los actuales signos de puntuación. Para realizar esta labor de puntuación el lector disponía de unos signos prestablecidos –prosodiae-, que añadía al texto continuo como quién rellena unos ejercicios de clase. Este detalle tiene sentido sólo si nos atenemos a la preponderancia de la oralidad sobre la legibilidad.

Nunca la lectura ha vuelto a ser tan artística y creativa como lo fue entonces, y quizá en el furioso opinar –legítimo- de todo lector contemporáneo quede un rescoldo de esos poderes perdidos con la sistematización a la que está sometida la lengua hoy en día. Yo no soy un nostálgico, que conste.

Haber establecido una regla -en el ámbito de la legibilidad- para los signos de puntuación presenta, a mi juicio, un problema elemental en el ámbito de la creación literaria. Resulta evidente, por ejemplo, que una coma no puede situarse entre el verbo y el objeto directo –esa posibilidad no tiene ninguna correspondencia con la oralidad, es una perversión dolorosa- pero existen otras posiciones para cualquier signo de puntuación que, cuanto menos, resultan ambiguas o discutibles. En un artículo titulado Signos de Puntuación (Notas sobre literatura, Akal), Th. W. Adorno concreta esta idea: “[quien escribe] no puede ni confiarse a las reglas muchas veces rígidas y groseras, ni tampoco ignorarlas, si no quiere caer en una especie de autodisfrazamiento ni, por llamar la atención sobre lo inaparente –y la inapariencia es el elemento vital de la puntuación-, herir la esencia de aquéllas”.




Estudiemos el caso de William Faulkner. Debido a su congénita inseguridad en sí mismo, derivada de la ausencia de una educación formal en lo que a ortografía y sintaxis se refiere, entregó el manuscrito de sus primeras novelas (La paga de los soldados es un ejemplo) a su amigo y editor Phil Stone, esperando que éste supiera corregir su estrambótico estilo de puntuación. El resultado obtenido fue también del ámbito de la perversión: se transformó un particular registro rítmico muy cercano a la oralidad en una adaptación al canon dictaminado por la correcta escritura ortográfica. No en vano, una vez Faulkner adquirió notoriedad y fama, decidió mantener -a pesar de sus inseguridades- los signos de puntuación que surgían de su particular concepción del ritmo.

“[Faulkner] está detrás de un continuo. Quiere un medio sin detenciones ni pausas, un medio que siempre sea del momento y en el cual el paso de momento a momento sea tan fluido e inaveriguable como la vída misma, que él intenta darnos", comenta Charles H. Aiken en William Faulkner and the Southern Landscape. Efectivamente, en Faulkner la puntuación no sigue siempre las normas ortográficas, causando efectos de irregularidad y de ambigüedad para el lector. Asimismo, en ocasiones  el propio método de puntuación provoca que el ritmo de lectura se acelere de manera notable –como es el caso del monólogo interior- estableciendo un vínculo con la oralidad, que en muchos casos prescinde de signos que en la transposición por escrito sí se mantienen. Las grabaciones que se conservan del propio Faulkner leyendo en voz alta sus textos dan un indicio de lo que decimos: los párrafos se suceden sin pausa, fluye la prosa con armonía desenfrenada.

William Faulkner en bañador, fluyendo


Estas particularidades han presentado numerosos problemas para los traductores de Faulkner al castellano, que en ocasiones han decidido arreglar de motu proprio lo que consideraban errores de puntuación. Por citar tres ejemplos que encontramos en obras mayores del autor: en la traducción de Luz de Agosto, a cargo de Enrique Sordo (1985, Seix Barral), se cambian conjugaciones verbales, y frases especialmente largas y enrevesadas se fragmentan con punto y seguido. En la traducción de Floreal Macía de El ruido y la furia (1961, Los libros del mirasol, Argentina), se añaden conjunciones y se reordenan y fragmentan frases. Lo mismo ocurre en todas las ediciones españolas de ¡Absalón, Absalón!, exceptuando la traducción de María Eugenia Díaz para Cátedra (2000). Esta última respeta, tal y como la traductora aclara en una nota al pie, la puntuación original. El cambio resulta tan profundo que el recuerdo que guardo de otras lecturas de traducciones de Faulkner esconde ahora la semilla de la sospecha: ¿a quién he leído hasta ahora?

Es importante saber discernir entre usos creativos de los signos de puntuación (y del lenguaje en general), y errores que requieren de corrección. Adorno aporta un indicio válido para establecer la diferencia:

Sería en todo caso aconsejable que con los signos de puntuación se procediera como los músicos con las progresiones armónicas y vocales prohibidas. Para cada puntuación, como para cada una de tales progresiones, puede observarse si es portadora de una intención o si es meramente fruto del descuido; y, más sutilmente, si la voluntad subjetiva rompe brutalmente la regla o si el sentimiento ponderado la piensa cuidadosamente y la hace vibrar al ponerla en suspenso”

Me remito al artículo de Adorno para quién quiera obtener una rápida clase magistral sobre cada uno de los signos de puntuación. Por lo demás, no quisiera despedirme sin antes recordar la divertida definición que Karl Kraus redactó sobre algunas de estas marcas rítmicas:

¿No parece el signo de admiración un dedo índice amenazadoramente erguido? ¿No parecen los signos de interrogación luces intermitentes o una caída de párpados? Los dos puntos abren la boca: ay del escritor que no sepa saciarla. El punto y coma recuerda ópticamente un mostacho colgante; más fuertemente aún siento yo su sabor a salvajina. Tontiastutas y autosatisfechas, las comillas se pasan la lengua por los labios. 


Víctor Balcells

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